Capítulo V - EL BARRO

“La tierra que se trabaja es la tierra que sostiene.”

Todo empieza aquí. En lo que no tiene forma.

Antes del objeto, antes del color, antes del nombre, está el barro. Tierra que fue montaña, río, polvo, y que acepta volver a ser tocada.

Cada región aprendió a escucharlo de un modo distinto. Hay tierras que piden azul. Otras reclaman verde. Algunas se vuelven ocres, austeras, densas. No es estilo: es respuesta. 

El barro dicta y la mano traduce. Durante siglos, esta tierra habló en muchos acentos. Cada alfar era un dialecto. Cada horno, una manera de entender el hogar, el agua, la mesa compartida. Hoy, muchas de esas voces se confunden en una sola. No porque el barro haya cambiado, sino porque hemos dejado de escucharlo con paciencia.

Cientos de ellos. Algunos hechos por su abuelo. Otros por manos que ya no están. Son restos, sí, pero también columnas invisibles. Sin ellos, nada se mantendría en pie durante el fuego. Son la estructura silenciosa de una tradición que se transmite no como herencia, sino como responsabilidad. Pablo sabe que él también es uno de esos apoyos.

No el centro. No el final. Una pieza más en una cadena larga, frágil y necesaria.

La cerámica enseña algo que cuesta aceptar: que la permanencia es un efecto secundario del cuidado, no de la ambición. Que cada gesto importa porque no se repite igual. Que cuando un alfar cierra, no desaparece solo un taller: se pierde una manera de relacionarse con la tierra.

Aquí, la pieza final descansa sobre polvo. No como triunfo, sino como recordatorio. Todo lo que fue sólido volverá a deshacerse. Todo lo que permanece lo hace porque alguien, durante un tiempo breve, sostuvo el proceso con atención.

El barro no quiere dominar el futuro. Quiere ser trabajado con respeto en el presente.

En esta mesa, el tiempo se despliega..

En un extremo, la materia cruda. Barro recién salido del suelo, aún sin memoria humana. En el otro, apenas polvo: lo que queda cuando todo ya ha sido dicho. Entre ambos extremos sucede el oficio. Amasar, centrar, levantar, dejar secar. Esperar. Cocer. Volver a esperar. El fuego no acelera: decide. Pablo lo sabe.

Lo aprendió sin palabras. En su taller, las piezas no nacen solas. Detrás de cada una hay formas que no se muestran. Pequeños triángulos de barro, hechos a mano, que sostienen otras piezas dentro del horno. No brillan. No se firman. Cumplen su función y se apartan. 

Normalmente se tiran. Pero Pablo los guarda.

Alfar Pablo Tito


“Nuestro alfar viene de una larga estirpe de artesanos del barro que se remonta varias generaciones atrás. Pablo TITO crece en el alfar de su padre y su abuelo entre cacharros de uso cotidiano, fuego y agua. En él, aprende el noble oficio de alfarero de la mano de su padre Paco TITO y su abuelo TITO de quien hereda el respeto por la tradición y el afán de superación.

En el alfar de Pablo TITO y Museo de Alfarería Paco TITO se mantiene viva la tradición alfarera que, tras generaciones, continúa elaborando diversas piezas y utensilios de barro.

Conserva, afortunadamente, uno de los pocos hornos de tipo hispano-morisco que están todavía en uso en España. Está levantado sobre el solar que ocupaba otro de origen andalusí, con una antigüedad de más de quinientos años. Los cacharros de barro, colocados cuidadosamente en su interior, llegan a alcanzar los 1000 grados centígrados de temperatura.”

- pablotito.es