Capítulo II - LA MAKILA
En el bosque de nísperos, el tiempo no avanza en línea recta. Se pliega.
Beñat camina despacio, como caminaba su aitite José. No porque lo imite, sino porque el suelo lo exige. El sendero es el mismo, o quizá no: los árboles han crecido, el musgo ha cambiado de sitio, pero el gesto persiste.
Iñaki Alberdi, su padre, marcaba los nísperos con cortes mínimos, casi invisibles. No talaba árboles, señalaba futuros. Sabía que la makila no nace en el taller, sino aquí, en esta caminata lenta donde se elige una rama que crecerá lo suficiente para sostener a alguien al andar.
Años después, su hijo repite el gesto. No hay prisa. Hay espera. Marcar, dejar crecer, volver. El bosque guarda memoria de ese pacto, cuidar para ser cuidado.
La makila, bastón vasco de níspero y metal, no es solo un objeto hecho con mimo ; es una relación sostenida en el tiempo. Un acuerdo entre humano y territorio.
Hoy, cuando tantas cosas se encargan a distancia y llegan sin historia, Beñat sigue saliendo a caminar. No compra la madera: la acompaña. No busca cantidad, busca sentido. Sabe que una rama torcida no sostendrá un cuerpo, y que un árbol herido no sostendrá un oficio.
En esa caminata repetida durante generaciones se recuerda algo esencial, no estamos por encima del bosque, caminamos con él. Heredar no es copiar un gesto, sino cuidarlo para que siga siendo posible.
El bosque observa. El árbol crece. El camino continúa.
Alberdi Makila
En Irun, el taller Alberdi Makila, fundado en 1948 por José Alberdi Arruti, mantiene vivo este oficio a través de las manos de su nieto, Beñat Alberdi. Su proceso comienza siempre en el bosque: un paseo lento, casi ritual, en busca de las ramas adecuadas. Beñat marca cada níspero con cortes precisos que guiarán su crecimiento; semanas más tarde regresa para recoger esas mismas ramas ya transformadas.
Ese gesto de marcar, esperar y volver define una relación de reciprocidad con el bosque: él lo cuida para que el bosque pueda seguir cuidando el oficio.
En el taller, esas ramas pasan por un proceso minucioso de secado, tallado, grabado, montaje y pulido. Cada paso requiere tiempo y paciencia; cada herramienta guarda la memoria de quienes la usaron antes. Por eso decimos que la makila es un esfuerzo transgeneracional: un objeto que sólo existe porque varias generaciones han decidido sostenerlo.